
Dos valles, media jornada
Este tour Valle de la Luna combina dos valles distintos en un mismo día. Son dos valles distintos y se ven el mismo día: el laberinto gris y beige del Valle de la Luna y las agujas ocres del Valle de las Ánimas apuntando al Illimani. Media jornada desde La Paz, dos valles y un mirador, con el sol alto y la tarde entera todavía por delante. Y lo primero que conviene saber es que esto no es piedra. Es arcilla y arenisca, terreno blando, y por eso el paisaje se ve como se ve: no es una montaña que se rompió, es una montaña que se fue. El agua se llevó la parte alta y dejó en pie solamente los tramos donde la mezcla de minerales aguantó un poco más. De ahí las crestas, las agujas y los pasillos que se cierran sin salida. Y todo esto ocurre a diez kilómetros del centro de La Paz.
Empieza en el Valle de las Ánimas, que es el más agreste de los dos. Una hora y cuarto de caminata guiada por el filo de la quebrada, entre agujas que se levantan de a decenas, apretadas unas contra otras, apuntando al cielo. Acá el nombre empieza a explicarse solo, y hay dos versiones que siguen circulando entre los comunarios: unos dicen que el viento, al pasar entre las formaciones, produce sonidos lastimeros; otros, que las siluetas alargadas parecen ánimas de pie. Nadie zanjó la discusión, y caminando una hora entre esas formas uno entiende que quizá no haga falta. Son 2 538 hectáreas declaradas área protegida municipal y monumento natural departamental: no es un baldío al costado de la ruta. Al fondo, cuando el día está limpio, el Illimani cierra el horizonte con sus 6 438 metros, el más alto de toda la Cordillera Real. Acá hay espacio, hay eco y hay tiempo real para fotos — no es una parada de quince minutos.
Después, el Valle de la Luna, y el recorrido cambia de escala: se camina mirando dónde pisás. Es un laberinto de verdad, un circuito de cuarenta y cinco minutos con las paredes a la altura del hombro, a veces por encima de la cabeza, y en un par de curvas ya perdiste por completo la noción de hacia dónde queda la ciudad. El color tampoco decora: informa. Va del beige al castaño claro y en algunos sectores llega a casi rojo con vetas violáceas, según qué mineral quedó expuesto en cada pared. En algún momento vale la pena bajar la vista al pie de una de esas agujas. Hay un cono de polvo finísimo, del mismo color exacto, acumulado ahí abajo. Eso es la aguja, cayéndose. Nada de lo que estás mirando es piedra dura, y nada de esto es un paisaje terminado: se sigue tallando ahora mismo, mientras vos pasás caminando. Es la clase de cosa que se entiende de golpe, mirando un montoncito de polvo a la altura de las botas.
El recorrido cierra en el mirador Killi Killi, ya de vuelta hacia arriba. Se llama así por el halcón que abundaba en el cerro, el cernícalo andino. Desde acá La Paz se despliega entera dentro de su hondonada —los techos de ladrillo trepando por las laderas, el Illimani de telón blanco al fondo— y las mismas quebradas por las que caminaste hace un rato quedan abajo, chiquitas, en su sitio. Y desde este mismo cerro, en 1781, Túpac Katari dirigió el cerco indígena a la ciudad: no es un balcón panorámico cualquiera, es el punto desde donde se decidió mirar La Paz de arriba hacia abajo. A las 14:30 la jornada está cerrada y la tarde es tuya.
Antes de reservar: requiere 24 h previas en La Paz. Es una media jornada entera, con tres paradas y ritmo tranquilo, pensada para verlo todo sin apuro; el recorrido termina a las 14:30 y la tarde queda libre.
Tarifas por persona — desde 45 USD.
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