
De plaza a quebrada
La jornada arranca en el olor a hierbas del Mercado de las Brujas y termina, hasta ocho horas después, con el polvo de las quebradas del sur en los zapatos: un city tour de La Paz de día completo que se recorre en el orden en que la ciudad cambia. Y empieza con una explicación antes que con una foto. Las mesas que vas a ver colgadas no son souvenirs: son ofrendas armadas por yatiris, los especialistas rituales aymaras. Cada una es una lista de pedidos hecha objeto: una por la salud, otra por el trabajo, otra por la casa que todavía no existe. Y sobre los sullus, que son lo primero que desconcierta al visitante: no se sacrifica ningún animal para obtenerlos, provienen de abortos naturales, y su función es llevar el pedido hacia arriba.
Del mercado sale la caminata. La Plaza San Francisco con su fachada de piedra labrada, la cuesta hacia la Plaza Murillo —Palacio de Gobierno, Congreso, palomas, lustrabotas—, el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez con su frente neoclásico y su temporada regular de ópera, teatro y danza. El tramo a pie cierra en la calle Jaén: cien metros empedrados, balcones de madera y cinco museos, uno de ellos la Casa de Murillo. Ahí vivió Pedro Domingo Murillo, que encabezó la revolución paceña del 16 de julio de 1809, uno de los primeros levantamientos independentistas de América del Sur. Es decir: la plaza donde estuviste media hora antes lleva el nombre del hombre cuya casa estás por ver. La ciudad se explica sola si se la camina en orden. Y a 3 600 metros se siente: las cuestas de La Paz no son largas, pero son cuestas, y a esta altura se suben con el ritmo de otra persona. Hasta que, en la calle Jaén, se deja de caminar. La Línea Naranja levanta la cabina del suelo y de pronto el ruido de la calle se apaga: quedan abajo los techos, la ropa tendida, las canchas, las antenas, y la ciudad que acabás de recorrer se ve completa y en silencio. Se baja en Estación Central, con una parada breve de quince a veinte minutos. El edificio se levantó en 1930, durante la presidencia de Hernando Siles Reyes, dentro de la segunda etapa del ferrocarril que unía La Paz con Arica y la costa del Pacífico. Es el punto de bisagra de la jornada: hasta acá caminaste una ciudad de piedra colonial; a partir de acá el minibús sale hacia el sur.
Y ahí el día cambia de cuerpo. Cuando bajás del minibús en las quebradas del sur, el aire llega más tibio y más seco que el del centro, huele a tierra en vez de a diésel, y la luz es otra. Hay una parada corta con vista sobre el Valle de las Ánimas, agujas ocres levantándose de la quebrada, quince o veinte minutos, lo justo para ver de dónde salen esas formas. Después el almuerzo en Mallasa, que a esa altura de la jornada se agradece más de lo que esperabas: es el único rato sentado del día, y el cuerpo lo usa entero.
El circuito largo del Valle de la Luna cierra la jornada, ya con luz baja y las piernas pesadas de quien caminó media ciudad y una quebrada entera: las mismas crestas y pináculos que otros recorren por la mañana con energía intacta, vos los caminás despacio y con el paso corto. Y el mirador Killi Killi es el último punto, el que ordena todo lo anterior: La Paz otra vez entera en su hondonada, mirada esta vez desde arriba por alguien que esa misma mañana estaba abajo, entre puestos de mesas y sullus.
Antes de reservar: requiere 24 h previas en La Paz. Es una jornada larga —6 a 8 horas aproximadas, según el ritmo del grupo y el tráfico de La Paz— con varios cambios de transporte y de actividad; la altitud se mantiene entre 3 600 y 3 965 m durante todo el recorrido, incluso en pleno centro de la ciudad. Se recomienda buen calzado e hidratación constante.
Tarifas por persona — desde 79 USD.
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