
Tu primer día
Aterrizás por la mañana y por la tarde ya estás mirando La Paz desde una cabina: el city tour de La Paz en teleférico es el único del catálogo que no pide aclimatación previa, y es apto desde el mismo día de llegada. Se hace enteramente a pie y en transporte público — sin vehículo, sin esperas y sin exigirle nada al cuerpo.
La primera parte es a ras de suelo. La Plaza Mayor de San Francisco con su iglesia de piedra oscura, la Plaza Murillo con la catedral y el palacio presidencial, el Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez, y la calle Jaén: cien metros empedrados, muros de cal, balcones de madera y cinco museos, una de las calles coloniales mejor conservadas de la ciudad. En uno de esos edificios vivió Pedro Domingo Murillo, que encabezó la revolución paceña del 16 de julio de 1809. Se camina despacio. A 3 600 metros nadie camina rápido el primer día, y acá no hace falta.
Después se sube. Mi Teleférico es la red de teleférico urbano más extensa del mundo —diez líneas, unos 32 kilómetros interconectados, la primera inaugurada en mayo de 2014—, pero el dato que importa es otro: no es una atracción. Es el transporte de cerca de 300 000 personas por día que lo usan para ir al trabajo, al colegio o al mercado. Vas a viajar en la misma cabina que ellas, con el mismo boleto, a la misma hora. Es la diferencia entre mirar una ciudad y usarla. La Línea Naranja lleva hasta la antigua Estación Central de ferrocarriles, y desde ahí la Línea Roja hace algo que en muy pocas ciudades del mundo se puede hacer: sube los quinientos metros de desnivel que separan el fondo de la cuenca del borde de arriba, y los sube en minutos. La cabina va en silencio. Abajo desfilan techos de calamina, patios, canchas, calles que se cruzan en ángulos imposibles, y atrás, cada vez más lejos, la cuenca entera de La Paz con el Illimani cerrándola.
Cuando bajás en El Alto, hacé la cuenta: estás a unos quinientos metros por encima de donde empezaste la mañana, en una ciudad donde eso normalmente se paga con horas de caminata y de aire — y tus piernas no hicieron absolutamente nada. Y conviene decirlo bien: El Alto no es un mirador ni un suburbio. Es la segunda ciudad más poblada de Bolivia, de mayoría aymara, levantada en pocas décadas por la migración desde las provincias y por la relocalización minera. La cabina no te deja frente a El Alto: te deja adentro. Ahí se entiende La Paz de una sola vez, sin que nadie te lo explique — no es una ciudad plana con cerros alrededor, es un agujero, y vos estás en el borde mirando hacia adentro. La vuelta se hace primero en cabina, con la parada en la antigua Estación Central de ferrocarriles, de 1930, y después a pie, cruzando el comercio popular de las avenidas Buenos Aires y Tumusla —puestos hasta el cordón, gritos de oferta, aguayos, cables cruzando el cielo— hasta cerrar el círculo en el Mercado de las Brujas. Ahí la regla es una sola: primero la explicación, después la foto. Lo que cuelga de esos puestos no es artesanía, y el guía te dice qué es antes de que saques el teléfono.
Antes de reservar: es el único tour del catálogo que no exige aclimatación previa — podés hacerlo el mismo día en que llegás a La Paz. No hay transporte motorizado: son unas 4 horas a pie y en teleférico, entre 3 600 y 4 100 m, con las subidas propias del centro histórico; conviene calzado cómodo y agua.
Tarifas por persona — desde 28 USD.
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