
Cumbre en una mañana
El minibús te sube hasta los 5 250 metros y el resto —entre treinta y sesenta minutos a pie— lo hacés vos: así se sube al Chacaltaya desde La Paz. No hace falta técnica, ni experiencia previa, ni nada más que respirar despacio y aceptar el ritmo que impone el aire, que te va a parecer ridículo. Los 5 421 metros se llegan lento, y esa lentitud forma parte del asunto.
Antes hay una ruta que gana altura tan rápido que el cuerpo no alcanza a discutirla. En poco más de una hora el minibús sale de la ciudad, cruza el altiplano y para en Milluni, donde el té de coca llega caliente y con las hojas enteras flotando. Todavía estás cómodo; todavía el paisaje se parece a algo conocido. Después el mundo se va vaciando: desaparecen los árboles, después los arbustos, después el pasto. Queda roca de un ocre oscuro, manchas de nieve vieja en las hondonadas y un cielo cada vez más azul, casi negro justo encima de tu cabeza.
El momento es cuando abrís la puerta y bajás. Tomás aire, y el aire entra pero no llena. No duele y no asusta: simplemente hay menos. Das tres pasos hasta el borde de la explanada y el corazón responde como si hubieras corrido. Para mucha gente es la primera vez que 5 250 metros dejan de ser un número y pasan a ser una sensación en el pecho, y eso no se olvida. Y recién entonces mirás alrededor. Ahí está el refugio del Club Andino Boliviano, una construcción baja y castigada por el viento que data de 1939 — el mismo año que el andarivel instalado acá, el primero de Sudamérica. Durante décadas esta fue la estación de esquí más alta del mundo. El glaciar que la sostenía tenía unos 18 000 años y cubría 0,22 km² en 1940; en 2009 ya no quedaba nada, y se derritió más rápido de lo que cualquier proyección había anticipado. No hace falta ponerle música: los números alcanzan. En la misma ladera, a 5 220 metros, funciona desde los años cuarenta el Laboratorio de Física Cósmica de la Universidad Mayor de San Andrés, instalado acá por una razón simple: a esta altura hay menos atmósfera encima y las partículas que llegan del espacio se leen mejor. Entre 1947 y 1948 se expusieron en esta montaña las placas fotográficas de los trabajos que confirmaron la existencia del pión — la investigación que se llevó el Nobel de Física de 1950. Es un edificio discreto, sin adornos. Ahí se leyó parte de la materia del universo.
Después vienen los treinta a sesenta minutos hasta la cumbre: tres pasos, pausa, tres pasos, pausa, hasta los 5 421. Arriba, el horizonte se abre en redondo: el Huayna Potosí a un lado, macizo y blanco, con sus 6 088 metros; el Illimani al otro, más lejos, con sus 6 438, el más alto de la Cordillera Real. Abajo, el altiplano se estira plano y pardo hasta perderse, y La Paz aparece como una mancha gris metida en su hondonada, tan chica que cuesta creer que esta mañana estabas ahí adentro. En los días claros de junio a septiembre, hacia el oeste, se distingue una línea de un azul distinto al del cielo: es el lago Titicaca. No se está mucho tiempo arriba —el frío y el viento se encargan de eso— pero alcanza de sobra, y la bajada devuelve todo de golpe: el aire denso, el ruido, la ciudad.
Antes de reservar: mínimo 48 h de aclimatación previa en La Paz (condición de venta); el chofer está especializado en alta montaña y, ante cualquier malestar, el descenso a menor altitud es inmediato. No apto para menores de 10 años, embarazo, problemas cardíacos o hipertensión no controlada, vértigo importante o condición física muy limitada; si tenés dudas, consultá a un profesional de salud antes de reservar. La colación ligera con agua incluida es eso, una colación: no es un almuerzo completo.
Tarifas por persona — desde 48 USD.
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