
El cañón, a pie
Se baja a pie, despacio, durante dos horas y media de quebrada, de Uni a Palca. La salida es desde La Paz, una hora o una hora y media antes, y el minibús te deja en la plaza principal de Uni. Lo primero que notás ahí es que el ruido de la ciudad se quedó atrás: hay perros, un par de puestos, viento moviendo el polvo. El Cañón de Palca mide unos ocho kilómetros de punta a punta; la caminata te deja en el pueblo de Palca. Palca quiere decir bifurcación —es una palabra aymara y quechua a la vez— y nombra exactamente lo que es este lugar: el punto donde se juntan dos aguas y dos caminos.
El piso es un lecho de grava suelta, arena y piedras redondeadas que se mueven bajo la suela y te obligan a mirar dónde ponés el pie. Ese termina siendo el ritmo del día: pasos cortos, atención abajo, y cada tanto una parada para levantar la cabeza. Porque arriba están las paredes, y no acompañan la marcha: la dominan. Decenas de obeliscos superan los doscientos metros sobre el lecho por donde vas pisando. Y lo que parece granito no lo es: son areniscas y conglomerados, piedra blanda que el agua y el viento vinieron tallando durante millones de años, y justamente por eso pudo levantarse en formas tan verticales. El color cambia según el mineral que quedó expuesto —ocres, rojizos, grises, casi violetas en los tramos que quedan en sombra— y vuelve a cambiar cuando el sol se mueve de un lado al otro de la quebrada. No hay dos tramos iguales, y no es una manera de hablar: es cómo se formó.
Se camina entre 3 200 y 3 500 metros. El terreno no exige nada técnico, pero el aire sí: al principio no lo notás, y a la hora te das cuenta de que hablás bastante menos que al empezar. No es cansancio, es economía; el cuerpo aprende solo. Entre la piedra aparecen algunos eucaliptos, verdes fuera de lugar en tanta roca, y hay silencio: no el silencio de no oír nada, sino el de oír únicamente tus propias pisadas y, muy lejos, agua. En algún punto del descenso vas a mirar hacia atrás y hacia arriba. El borde por donde entraste ya quedó lejísimos, reducido a una línea fina, y no se ve el camino por el que llegaste. Ahí se te acomoda la escala de golpe: no estás mirando el cañón desde afuera, estás caminando adentro.
La caminata no termina en un mirador: termina en una plaza. Palca es un municipio vivo, de población mayoritariamente aymara, primera sección de la provincia Pedro Domingo Murillo, y a esa hora tiene el ritmo de cualquier pueblo del altiplano a media tarde. Llegás con las piernas cansadas y el Illimani todavía a la vista —6 438 metros, la cumbre más alta de la Cordillera Real— que te vino acompañando buena parte del descenso. En el camino de vuelta hacia La Paz el minibús se detiene en el mirador Alaxpacha, del lado sur de la ciudad. Después de varias horas de marcha esa pausa tiene otro valor: es el momento de soltar las piernas y recuperar fuerzas, con el aperitivo incluido, antes de los últimos kilómetros.
Antes de reservar: requiere 24 h previas en La Paz. Es una jornada físicamente larga (9-10 h con traslados): se recomienda buena condición física general, buen descanso la noche anterior, ritmo pausado e hidratación constante durante el descenso — la altitud (3 200-3 500 m) se nota aunque el sendero no exija técnica. Los horarios son aproximados y pueden variar según el ritmo del grupo y las condiciones del camino. El servicio de bebidas tiene opción sin alcohol; el conductor no consume alcohol y se recomienda moderación dada la altitud.
Tarifas por persona — desde 99 USD.
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